
¿Se esta perdiendo la esencia de la Fiesta?
Las Hogueras nacieron del pueblo. Del olor a madera cortada en los talleres, de las manos manchadas de pintura de los artistas, del sonido de la banda en cada calle, de la pólvora que hacía vibrar el pecho y de las conversaciones interminables entre vecinos preparando la fiesta durante todo el año.
Sin embargo, con el paso del tiempo, parece que algo de esa esencia se ha ido apagando lentamente. La Fiesta, que antes era una suma de cultura, tradición, sátira, convivencia y barrio, ha terminado girando casi exclusivamente alrededor de la imagen y de la exaltación de la belleza, especialmente en torno a los cargos del fuego.
La belleza siempre formó parte de las Hogueras, y debe seguir haciéndolo. Pero cuando la fiesta empieza a medirse únicamente por vestidos, fotografías, bandas y apariencias, corremos el riesgo de olvidar todo lo demás. Y lo demás es precisamente lo que sostiene de verdad esta celebración.
Porque Hogueras no son solo las representantes oficiales. Hogueras son también los monumentos que se plantan tras meses de esfuerzo y creatividad. Son los artistas foguerers que trabajan en silencio para levantar auténticas obras efímeras. Son las sederías, la indumentaria tradicional, la orfebrería de los aderezos y los artesanos que mantienen viva una parte esencial de nuestra identidad.
Hogueras son la pólvora y la pirotecnia, capaces de emocionar a toda una ciudad. Son la música de los pasodobles recorriendo las calles, las bandas acompañando desfiles y despertando recuerdos. Son los almuerzos populares, las cocas, el arroz compartido, las barracas abiertas y la hermandad entre comisiones.
También eran unión entre barrios y vecinos. Eran convivencia. Eran sentimiento colectivo. Hoy, demasiadas veces, parece que la competición, la imagen y el protagonismo individual pesan más que la propia comunidad.
Y en esa transformación, también se ha ido relegando a la figura masculina a un papel cada vez más secundario, casi simbólico, olvidando que la fiesta siempre fue construida entre TODOS. Las Hogueras nunca pertenecieron a una figura concreta, sino a un conjunto de personas que, desde distintos lugares, hacían posible la magia.
Quizá todavía estamos a tiempo de recuperar el equilibrio. De volver a mirar la Fiesta desde abajo, desde la calle, desde el barrio, desde el taller y desde la convivencia. De recordar que la verdadera grandeza de las Hogueras no estaba solo en quién las representaba, sino en todo aquello que las hacía únicas.
Porque una fiesta pierde su alma cuando olvida a quienes la construyen.
Por Verónica Llinares


