
QUÉ BONITA ES LA FESTA
¿Cuántas veces hemos escuchado que el 24 termina un ciclo y el 25 comienza el siguiente? ¿Cuántas veces no habremos dicho que resurgimos?
Cierto, cuando uno está mirando las llamas de la cremà de su foguera, la cabeza ya está trabajando, de nuevo, no nos permitimos ni un descanso. Porque ya tenemos en mente cómo va a ser el cierre de ejercicio, porque ya hemos estado hablando durante les Fogueres de los errores que hemos cometido durante al año, porque ya hemos analizado las posibles soluciones y ya visualizamos los cambios que queremos hacer.
¿Es que no nos cansamos? Claro que lo hacemos, pero no podemos evitar recopilar los mil “hayques” que hemos escuchado cuando intentábamos cenar tranquilos en nuestra mesa o cuando nos acercábamos con sigilo a la foguera para poder contemplarla en serio.
Nadie se da cuenta de la carga que lleva un presidente encima. Y todo su equipo. Estas Fogueres me he dado cuenta de que, por muy grande que sea la familia, por muy bien avenida que sea, existe un grupo de gente que durante unos días va como pollo sin cabeza, porque se vuelca de verdad.
Que sí, que todos queremos disfrutar de nuestras fiestas, que todos queremos tener un rato de calma durante la cena, que todos queremos poder tomarnos una copa sin preocupaciones. Pero hay algo que nos corre por las venas, hay algo que no para quieto dentro de un buen foguerer, hay una vocecita que no se calla y que nos hace pensar que todos esos deberes los tenemos que tener hechos ya.
Pero ya no solo hablo de los que tiene que venir. No. Hay algo de sadismo en nosotros, somos el perfecto ejemplo de que “sarna con gusto no pica”, porque no queremos dejar pasar ni un momento, no queremos dejar pasar la oportunidad de dejarlo ya todo hecho, no queremos que a nadie se le ocurra decirnos que no hicimos esto o lo otro.
Es verdad. Tenemos derecho a disfrutar de nuestras fiestas, pero no tenemos que olvidarnos que, a veces, no podemos ser meros espectadores. O no somos uno más. No. No podemos olvidarnos que a veces tenemos que remangarnos y trabajar. Y, como digo, hay un grupo de gente, de caras que siempre son las mismas, que no dejan de hacerlo, y que saben que es parte de su obligación.
Lo malo de esto, que genera algunas controversias. Internas: porque uno se ve a sí mismo, a al compañero al que le ha pedido ayuda y que sabe que no va a decir que no, loco porque todo salga bien para que otros puedan disfrutarlo. Externas: porque a veces uno se ve a sí mismo, discutiendo con el que ha hecho poco (o no ha hecho nada) y que exige que sus fiestas sean para disfrutarlas, no para trabajarlas.
Estas son las cosas que muchos desconocen. El trabajo que realiza un presidente, o un equipo bueno de junta directiva, es un trabajo de todo el año, incluidos los días del 20 al 24 de junio. En eso nos hemos convertido. En los gestores, organizadores, directores, coordinadores… que no tenemos ni un ratito para podernos llevar un cacahuete a la boca o para tomarnos una copa tranquilos con una conversación amena.
Muchas veces nos lo autoexigimos, pero otras veces, nos lo exige el de la mesa de al lado.
No es justo. Pero es así. Lo he dicho mil veces, y es una pena. Uno llega a los actos y actividades (los del año y los de Fogueres), a veces, con pocas ganas. O con las ganas de que dure poco. O con ganas de que nadie te diga lo que tienes que hacer o deberías hacer en el próximo acto. O con ganas de que no te bombardeen con “hayques” que deberían informarse en una reunión, no mientras se está cargando una valla para cerrar el perímetro de un racó.
Todos los años, cuando veo mi foguera en mi solar, digo con gracia e ironía: “que la quemen”. La pena es que hay un huequito dentro de mí, esa vocecita que no se calla durante todo el año, que suelta una risa malévola, de película mala de serie B, que se frota las manos, que me mira con acritud y me dice: “sabes que lo dices en serio”.
Es duro reconocerlo, y es duro escuchar al que se esté preocupando todo el año porque las cosas salgan bien para que un nutrido grupo de locos puedan disfrutar y concluir que todo ha estado bien, desde antes de navidad deseando que llegue el 26 de junio. Y lo irónico, es que el 26 de junio, lo único que ha conseguido el reseteo del día 25, es que volvamos a la carga y ya nos pongamos a pensar, a idear, a solucionar, a recoger, a olvidar… en definitiva, a trabajar. ¡Pero que bonita es la Festa!
Néstor Álvarez


