
¿LA CARGA DE LOS QUE VAN A LA CARGA SE CARGA LA FIESTA?
La verdad es que muy pocos nos lo podíamos esperar, pero es verdad que muchos ya veníamos diciéndolo desde hace tiempo: esto va a explotar.
Y vaya si explotó. La última asamblea de foguerers y barraquers aún retumba en nuestros oídos como una indeseada mascletà cuyo terremoto no ha sido de los que más nos gustan. Aún colean por redes sociales comentarios de unos y de otros, quejas en su mayoría, aunque no sabemos hacia quién debemos dirigirlas.
Como decía, muchos ya venían pronosticándolo. Yo no es que me considere un visionario, pero ha sido mi comentario desde que formo parte de este colectivo, desde que vivo en Alicante. Me encanta ver la ciudad en Hogueras, me encanta ese caos festero, me encanta el ambiente, me encanta la anarquía festiva que reina durante esos días. Sí, lo decía, lo confesaba. Y siempre iba acompañado de un temido “pero”: nos cargamos la fiesta.
Después de dicha asamblea, en la que cayó como un jarro de agua fría la información del nuevo decreto anual del ayuntamiento, después de leer comentarios en redes sociales, después de varias llamadas telefónicas, después de rasgarnos las vestiduras y “arreglar la fiesta” en una terraza al aire libre, después de haber hablado con unos y con otros, me surge la duda. ¿Quién se carga la fiesta?
¿Somos los festeros los culpables? Nosotros que trabajamos de sol a sol, y día tras día, durante todo un ejercicio, para poder plantar en la calle el fin último de nuestra asociación festera. Nosotros que no nos dedicamos a esto, pero que aun así ocupamos nuestro tiempo, en detrimento de nuestra vida personal y laboral, para que esto salga adelante. Nosotros que nos preocupamos por la cultura y el folclore con la contratación de bandas de música, de pirotécnica, de artistas de hogueras. Nosotros que nos preocupamos por la ciudad porque nos enorgullece que salgan las administraciones públicas reconociendo que se han superado récords de visitantes, que se ha aumentado el beneficio económico para la ciudad. Nosotros que respetamos los horarios y ponemos la música cuando nos dicen que la tenemos que poner, instalamos los baños que debemos instalar, ponemos los extintores que son obligatorios por normativa. Nosotros que nos gastamos dinero en proyectos, permisos, vallados, seguridad, luces, seguros, para evitar problemas y accidentes, para que las cosas salgan bien y en regla. Nosotros que entretenemos a nuestros invitados, que animamos a los visitantes… que desfilamos y damos color a la ciudad, que inundamos las calles de música de collas y bandas, que respiramos con ilusión la primera bocanada de pólvora que inunda nuestros sentidos, que sentimos orgullo porque pensamos que gracias a nosotros la ciudad se vuelca en sus fiestas oficiales.
¿Son los racós juveniles y los mesones los culpables? Se dice que ellos son los que hacen que el censo festero no aumente. Se dice que ellos son los culpables de los botellones encubiertos. Se dice que ellos son los que no cumplen los horarios. Se dice que ellos son los que ensucian la ciudad. Se dice que ellos son los que ocupan ilegalmente las calles. Se dice que ellos no pagan lo suficiente respecto de lo que ganan. Se dicen muchas cosas, pero, si no están (o cuando no estén), ¿dónde va a ir toda esa gente? ¿de verdad se van a apuntar a una hoguera? ¿de verdad van a llenar los bares y restaurantes, que ya estaban llenos con la existencia de racós y mesones? ¿son fiestas para estar encerrados en bares, restaurantes, pubs y discotecas?¿cuán diferente del mercadito de hogueras, concesión municipal, son? Al parecer, con la desaparición de estos, se van a solucionar todos nuestros problemas con los vecinos. Al parecer, con esta medida, atienden a la demanda de más de trescientos mil habitantes (frente a los más de diez mil festeros censados más los dos millones de visitantes que han dicho que vinieron este año)
¿Son los vecinos los que acaban con la fiesta? Los que quieren que nos vayamos a un recinto ferial, que salgamos de las calles, que nos alejemos del centro. Son sus quejas, las que muchos festeros compartimos y comprendemos, y las que mucho daño nos hacen. Porque nos da la sensación de que no se sienten parte de esta ciudad que nosotros amamos y cuidamos. Nos da la sensación de que para ellos somos solo un grupo de frikis cutres que nos gusta “disfrazarnos” o plantar una foguera en la calle como excusa para estar de fiesta durante varios días. Algunos no nos quieren, porque dicen que molestamos, que ensuciamos, que hacemos más insegura la ciudad, que la destrozamos, que provocamos a animales, a enfermos, a personas mayores… (Esta es una pelea aún más profunda, pero ¿de quién es la ciudad?). Algunos no nos quieren porque, encima, vamos a pedirles colaboración, y recibimos el “no, yo es que en hogueras me voy”. Algunos no nos quieren porque mantenemos la música para cuatro o cinco que están aún en la pista de baile (del DJ que hemos pagado). Algunos no nos quieren porque nuestro montaje provoca cortes de calles, desvíos de tráfico (estudiados porque, de no ser así, no tendríamos permiso para estar ahí). Algunos no nos quieren porque no iluminamos el barrio, porque no hacemos pasacalles frente a su ventana, porque ya no hacemos despertàs, porque no contratamos charangasque animan las tardes, porque no llevamos una buena banda en nuestros desfiles, porque la foguera este año es más pequeña…
¿Son las administraciones públicas? Contra las que peleamos para conseguir los permisos, las que nos ponen trabas para poder hacer actividades para conseguir financiación para el fin último, las que no quieren que ocupemos zonas peatonales pero tampoco que provoquemos cortes de calle o desvío de tráfico o bloqueos de garajes, las que no quieren que cocinemos en la calle, las que no quieren que hagamos publicidad de bebidas alcohólicas, las que no quieren que contratemos un mesón, las que no quieren ferias, las que encuentran la manera de no tirar una mascletà aquí, las que encuentran la manera de sacar del centro actos que nos daban visibilidad, las que claudican a las quejas de lobbys (esto es suposición mía), las que piden documentación que no tiene ningún sentido, las que no aceptan el desplazamiento de 2 cm de una instalación de nuestro montaje final, las que defienden su norma, las que aplican una norma que no es de aplicación, las que entre A y B eligen la más restrictiva, las que no aceptan las propuestas, las que tienen la sartén por el mango e imponen sin informarse, sin estudiar al detalle cada uno de los casos, a golpe de decreto con muy buena base jurídica seguramente, pero poca base tradicional, cultural, folclórica y de defensa vehemente de un Bien de Interés Turístico Internacional y Bien de Interés Cultural Inmaterial.
La vehemencia nos la han dejado a nosotros. Es verdad. Y si me has leído hasta aquí, estás en lo cierto, soy poco objetivo. Pero siempre he hablado de lo que sé, desde la experiencia propia de quien lleva la carga.


