
Gracias, padres y madres.
Hay amores que no se aprenden en los libros ni se explican con palabras grandes. Se heredan. Pasan de mano en mano, de mirada en mirada, como una llama pequeña que alguien protege del viento hasta que prende. Así es el amor por las Hogueras de San Juan en Alicante: una emoción transmitida, casi siempre, por nuestros padres y madres.
Ellos nos llevaron de la mano cuando aún no éramos conscientes de lo que era un monumento o una mascletá. Nos subieron a hombros para que el fuego no fuera solo calor, sino también asombro. Nos enseñaron que junio no era solo un mes, sino una promesa de seguir trabajando para que creciese “la festa més fermosa”. Que el olor a pólvora anunciaba algo más profundo: el comienzo de la alegría compartida entre foguerers y barraquers.
Gracias a ellos aprendimos que las Hogueras no son únicamente madera, cartón y llamas. Son cenas improvisadas en la calle, sillas sacadas al fresco, conversaciones que se alargan hasta la madrugada. Son trajes guardados con cuidado, música que se reconoce desde lejos y barrios que, por unos días, laten al mismo ritmo. Son el orgullo de decir “esto es nuestro”.
Nuestros padres nos explicaron, sin darnos lecciones, que el fuego no solo destruye: también renueva. Que quemar es volver a empezar. Que mirar una hoguera arder es despedirse de lo viejo con la esperanza tranquila de lo que vendrá después, que sacrificaremos nuestro tiempo por mantener viva la “germanor” con nuestros amigos de la comisión. Y en ese gesto sencillo, casi ritual, nos regalaron una manera de entender la vida.
Hoy somos nosotros quienes miramos las hogueras cara a cara. Sabemos del esfuerzo que hay detrás, del trabajo silencioso, de las horas robadas al descanso. Y entonces la gratitud crece. Porque entendemos que aquel amor que nos transmitieron no era casual: era una forma de enseñarnos a pertenecer a esta locura y la gratitud que se recibe por el trabajo bien hecho.
Por eso, cuando llega San Juan y el fuego ilumina la noche de Alicante, también arde la memoria. Y entre llamas, pólvora y aplausos, nace un pensamiento inevitable: gracias. Gracias por llevarnos, por contagiarnos la emoción, por hacernos sentir parte de algo más grande. Gracias, padres, por enseñarnos a amar estas hogueras que, año tras año, siguen encendiendo nuestro corazón, y aunque algunos ya no estén aquí, estoy convencido que estarán transmitiendo este amor por las hogueras allá donde estén.
Gracias papás y mamás.
Miguel Martínez Rebollo


