
Pasadas las fiestas navideñas y con el eco de los últimos villancicos aún resonando en nuestra memoria, es momento de reflexionar sobre lo vivido. Una vez apagadas las luces que iluminaron las calles de Alicante y concluidas las celebraciones familiares, con la cuesta de enero todavía por recorrer, creo que queda espacio para la reflexión de una Navidad, que en el ámbito festero, nos ha dejado una estampa atípica
En Alicante tiene un precedente ineludible: el Certamen de Villancicos de Les Fogueres de Sant Joan. Este evento, que ha congregado a decenas de comisiones en un despliegue de fervor y tradición, es una de las citas más participativas del calendario festero. Sin embargo, la decisión de trasladar la celebración de su emplazamiento habitual en el corazón de la ciudad (Avenida de la Constitución o Plaza del Ayuntamiento) a los estudios de la Ciudad de la Luz va más allá de la mera logística.
La justificación oficial, fue la previsión de lluvias. Ante la amenaza meteorológica, la Federació de Fogueres optó por la funcional solución de mover el evento a un espacio cubierto y de gran capacidad, como el salón de actos situado en la Ciudad de la Luz. Desde una perspectiva puramente organizativa, la decisión fue totalmente comprensible: con una participación récord que superó las 80 asociaciones, garantizar la celebración sin contratiempos fueprioritario. Se trató de un acto de responsabilidad para proteger el esfuerzo de los participantes y el desarrollo del certamen. No obstante, vamos a centrarnos en la pérdida simbólica que conllevó esta descentralización.
El Certamen de Villancicos no es solo un concurso; es un acto de apropiación festiva del espacio urbano. Su celebración en la Avenida de la Constitución o la Plaza del Ayuntamiento lo inserta directamente en el pulso de la ciudad, ofreciendo una estampa navideña popular y accesible para todos los alicantinos y visitantes. El centro es el escenario natural de las tradiciones de Fogueres, un lugar que dota al evento de una atmósfera única, espontánea y comunitaria. Al trasladar el certamen a la Ciudad de la Luz, se produjo una doble desconexión.
•En primer lugar, una desconexión geográfica. El complejo audiovisual, situado en el paraje de Agua amarga, es un enclave periférico, alejado del entramado urbano y del flujo peatonal del centro. Aunque la Ciudad de la Luz ofrece instalaciones modernas y accesibles, su ubicación exige un desplazamiento específico, restando la inmediatez y la cercanía que caracterizan a un evento popular.
•En segundo lugar, se generó una desconexión simbólica. La Ciudad de la Luz, a pesar de su reciente reactivación, arrastra un historial de controversias, inversiones millonarias y un uso que ha fluctuado entre el abandono, el centro tecnológico y, finalmente, su vocación cinematográfica. Es un espacio moderno, industrial y profesional, que contrasta con la naturaleza intrínsecamente popular y tradicional de un concurso de villancicos festeros. La imagen de las comisiones cantando en un plató de cine, por muy funcional que sea, no puede replicar la calidez y el arraigo de la calle.
La lluvia es un factor que no podemos controlar, pero la respuesta a la lluvia debe ser una que honre la tradición. La necesidad de un espacio cubierto y céntrico para eventos de gran afluencia es una carencia estructural que la ciudad de Alicante debe resolver. La solución de emergencia en la Ciudad de la Luz, aunque fue efectiva para salvar la edición, no debería convertirse en un precedente.
El espíritu de «Fogueres en Nadal» reside en llevar la fiesta al pueblo, al corazón de la ciudad. La decisión de este año ya pasado, forzada por las circunstancias, nos obliga a reflexionar sobre la fragilidad de nuestras tradiciones urbanas ante la falta de infraestructuras adecuadas. La próxima edición, la Federació y el Ayuntamiento deberían trabajar conjuntamente para asegurar que el villancico regrese a su hogar natural, en el centro, bajo un techo que lo proteja sin despojarlo de su alma popular.
Almudena Ruiz


