
Hoy ha fallecido en Alicante, Vicente Sala Blasco, un hombre enamorado de las fiestas y tradiciones de la ciudad, y así lo han despedido en redes sociales la Cofradía del Cristo del Divino Amor y la Virgen de la Soledad Coronada “La Marinera” de la cual era capataz.
“Alicante despide hoy a Vicente Sala Blasco, un hombre cuyo nombre está bordado con hilo de oro en la historia festera, cofrade y popular de la ciudad de Alicante. Se va un hombre cercano y generoso, un alicantino que nunca entendió la fiesta como un lugar desde el que destacar, sino como una manera de servir y de reunir a los demás.
Vivió las Hogueras de San Juan con la intensidad de quien sabe lo que hay detrás de cada monumento.
Foguerer de la Hoguera Plaza de Santa María, conocía el trabajo callado de las semanas previas, las noches de racó y las madrugadas de plantà.
Hizo suyo también el espíritu de los Moros y Cristianos de San Blas. Como festero de la Filà Negros Senegaleses ostentó la Capitanía Mora, una responsabilidad que compartió con su familia y que vivió con entrega. Lo mismo desfilaba con una escoba en la Nit de l’Olla que deslumbraba con la indumentaria de su filà: era un hombre de fiesta en todas sus formas, de las más humildes a las más solemnes.
Pero hablar de Vicente es hablar, sobre todo, de la Semana Santa de Alicante y de la Virgen de la Soledad, «La Marinera», la imagen más antigua de la Semana Santa de Alicante. Fue su capataz durante más de treinta y cinco años, y lo fue de la única manera que él concebía: cuidándola. No se limitaba a marcar el paso: escuchaba el esfuerzo de quienes la portaban, sus tunos.
A La Marinera la saca a hombros, cada año, la Tuna de Derecho de la Universidad de Alicante. Y a sus tunos, al arrancar el trono desde el Convento de las Monjas de la Sangre, Vicente les repetía siempre la misma indicación: «vamos a llevarla despacito». Lo sabía mejor que nadie, porque el paso de la Soledad, con sus faroles en la parte trasera y su candelería, está pensado para caminar lento y no para un paso alegre. En esa frase, repetida salida tras salida, cabía su forma de entender la procesión: a la Virgen no se la lucía, se la cuidaba.
A la Soledad no la cuidaba solo él, su mujer, Esperanza, es la vestidora de la Virgen, la que la atavía para cada salida; de modo que lo que Vicente dirigía en la calle lo había preparado antes las manos de ella. El matrimonio entero, cada uno a su manera, al servicio de la Marinera.
Bajo el manto de su Virgen fueron pasando generaciones de tunos, y Vicente a todas les transmitió el respeto que la imagen merecía, pero también la serenidad y el compañerismo que hacen falta para llevarla por las calles. Para muchos de aquellos tunos no fue solo el capataz de una procesión: fue un maestro y un referente que les enseñó que portar a La Marinera era asumir un compromiso con la historia y con la devoción de toda una ciudad.
Bajo sus indicaciones, la Virgen recorrió Alicante con la dignidad que corresponde a su historia, y su trabajo no terminaba cuando se cerraban las puertas del convento: para Vicente la Semana Santa no era una sucesión de procesiones, sino una hermandad que se sostiene durante todo el año. Esa hermandad se cocinaba también de forma muy literal: en las convivencias de costaleros y cofrades, Vicente firmaba unos arroces alicantinos que reunían en torno a la mesa a quienes el resto del año se juntaban en torno al trono.
La Semana Santa de Alicante supo reconocerle todo aquello en vida, en 2020, la Junta Mayor de Hermandades y Cofradías le concedió su más alta distinción, el Emblema Extraordinario de la Semana Santa de Alicante, en reconocimiento a una vida entera de servicio. Lo recibió, como todo, sin haberlo buscado.
Su marcha deja un hueco difícil de llenar, faltará su voz serena delante del trono, su experiencia, su manera de estar siempre disponible; faltará en las reuniones y en los preparativos, en esos gestos pequeños que son, precisamente, los que sostienen a las hermandades.
La Marinera volverá a salir, la Tuna de Derecho volverá a colocarse bajo su trono, se encenderá la candelería y volverán las rondas a la Virgen, y quienes le conocimos sabemos que algo de él seguirá caminando junto a Ella: en cada orden aprendida, en cada levantá y en cada revirá por las calles del casco antiguo de la ciudad.
Alicante pierde a un gran festero, y la Semana Santa a uno de sus capataces más veteranos, pero su familia pierde mucho más: un marido, un padre. A todos ellos los acompañamos en el dolor y los abrazamos con el cariño más sincero.
Descanse en paz Vicente Sala Blasco, el Capataz eterno de La Marinera.
Que la Virgen de la Soledad, a la que tantas veces acompañó y cuidó por las calles de Alicante, y el Cristo del Divino Amor sean ahora quienes le acompañen a él”.
D.E.P


