
Si se analiza con detenimiento el calendario festero de Alicante, el panorama se asemeja bastante a una olla a presión. Pretender organizar un almuerzo, una actividad cultural, una propuesta infantil o incluso un torneo de petanca implica enfrentarse a una cruda realidad: un calendario saturado no solo por la competencia directa de la propia fiesta, sino por el conjunto de la oferta festiva de la ciudad.
Que nuestras tradiciones gocen de semejante vitalidad es, sin duda, un síntoma maravilloso. Sin embargo, esta hiperactividad conlleva contraindicaciones evidentes. En la gestión de eventos, tanto el defecto como el exceso generan apatía. Hoy en día, lograr que un acto destaque entre una oferta desmedida parece más un ejercicio de fe que el resultado del esfuerzo y las buenas intenciones.
Es cierto que no todo está inventado y que surgen oasis de frescura. Un claro ejemplo es la brillante iniciativa Amics de Doctor, impulsada por la Foguera Doctor Bergez-Carolinas. Pero que estas excepciones no nos lleven a engaño: para el colectivo festero, conseguir visibilidad para sus propuestas es una tarea cada vez más ardua.
Hace pocas semanas asistí al Congreso de la Fiesta, organizado por la Federació de les Fogueres de Sant Joan. Abandoné el encuentro reafirmándome en la misma premisa con la que entré, a pesar de haber escuchado ponencias de gran valor, como la del mestre del gremio Joaquín Rubio —de quien me declaro admirador tanto en privado como en público.
Al margen de los debates particulares, la conclusión principal apunta al verdadero mal que frena el avance de nuestras fiestas, sin excepción. Quizá sea el momento de cambiar la perspectiva y aplicar una máxima fundamental: dejemos de preguntarnos qué puede hacer la fiesta por nosotros y empecemos a pensar en qué podemos hacer nosotros por la fiesta. Solo cuando asumamos esa responsabilidad colectiva estaremos realmente cerca de la solución.
David Esclapés


